IN MEMORIAM:
LIDIA PÉREZ LÓPEZ, sin máscaras
por JULIANO
Hay personas que tienen un significado importante en la vida de otras. Lidia Pérez López es una de ellas. Su fallecimiento, ocurrido en 2025, es un momento clave para hacer una evaluación de su trayectoria, de los valores que manifestó a lo largo de su vida, de la influencia que tuvo en las personas y para realizar una apreciación de su paso por el mundo.
Los primeros tiempos
Quienes hayan conocido a Lidia Pérez en sus primeros años en México, la recordarán cuando en 1983 tomó el puesto de Mando Nacional de la sede mexicana de la organización Nueva Acrópolis, grupo investigado por la revista Proceso en su Edición Especial Núm. 47, “Las sectas en México” y donde se menciona a Lidia Pérez como una persona en entredicho. En torno de la década de los 80s ella usaba vestidos sencillos de largo a los tobillos, usaba anteojos de aro grande y de alta graduación, de cabello largo lacio, de raya en medio o con una cola de caballo hecha apresuradamente, persona de vitalidad intensa, de movimientos a veces precipitados, sin una gota de maquillaje porque no sabía usarlo, con un libro en las manos y caminando rápido, que te saludaba con una sonrisa y que cuando hablabas te seguía físicamente muy de cerca, viéndote a la cara y sonriendo, como si lo que fueras a decir tuviera una importancia especial aun antes de pronunciarlo.
Su sonrisa invitaba a sonreír con ella, y la animación de su mirada te hacía compartir su entusiasmo. Desarrollaba calidez y te invitaba a sentir cariño por ella. Lidia Pérez vivía en la casa que era la sede central, el único local por entonces, en la calle de Guanajuato 182. Era común ir a comer con ella en grupo al mercado Medellín, de la Colonia Roma, ya fuera entre semana o los fines de semana después de clase. Iba con el grupo de los menores de 25 años, que eran la mayoría y de algunos adultos de poco más de 30, comentando mientras se llegaba a la mesa, con el ánimo que conocen todos los que han vivido los primeros tiempos de un local de Nueva Acrópolis. Te hablaba como quien ha hecho un importante descubrimiento y trae un mensaje relevante, el de Nueva Acrópolis. Ella no trabajaba, nunca asistió a una oficina a cobrar un salario, se consideraba que había traído dinero con ella, aunque invariablemente se le pagaban las comidas.
Aunque se fecha una Reunión Internacional en México en 1973, Lidia Pérez llegó a México 10 años después para asumir el cargo en sustitución de un anterior Mando Nacional que no había dado resultados, pero su nombramiento no contó inicialmente con el pleno respaldo del fundador de Nueva Acrópolis, Livraga Rizzi, quien manifestaba reservas sobre las capacidades de Lidia Pérez. Finalmente, la designación se concretó tras la intervención de Delia Steinberg Guzmán, por entonces segunda en la estructura directiva, porque en sus palabras “no había nadie más que quisiera ir a México, se hacía con lo que se tenía”.
RIMM 1991 (México, en el Hotel Camino Real). En la imagen aparece Lidia Pérez, con un vestido blanco cara vuelta hacia el fundador de la secta, Livraga Rizzi. Las columnas del fondo, con los nombres de los países participantes son copias de elementos nazis de escenificación, aprobadas por Lidia Pérez, así como el cartel de esa RIMM, también tomado de un modelo nazi de propaganda. Lidia Pérez terminaba reuniones en México alzando el brazo derecho y gritando al auditorio de integrantes mexicanos: "¡Victoria o muerte!"
Ya en México, lo que hizo Lidia Pérez de inmediato fue saber todo lo posible con respecto a todos los integrantes que había, con referencia al grupo y a su vida personal, usando en lo que fue un recurso desde entonces, tener un informante cercano a ella. Al mismo tiempo surgió uno de los rasgos que más llamaban la atención en el trato directo: su capacidad para generar una conexión inmediata con los demás, como si se dirigiera a una versión potencial o idealizada de la persona. Al caminar lado a lado, te seguía inclinando la cara hacia ti, con sonrisa como si escuchara algo vital. Por entonces, no tenías ideas de todo lo que había.
Estos elementos configuran un estilo de relación en el que la calidez, la validación y la cercanía operaban como mecanismos de aproximación, facilitando la construcción de vínculos que podían adquirir un peso mayor dentro del grupo.
Sin embargo, con el tiempo, esa misma cualidad podía percibirse de manera ambivalente. Lo que en un primer momento se interpretaba como una sensibilidad especial o una disposición genuina, también podía sentirse como una forma de acercamiento que rebasaba límites personales, generando una sensación difícil de precisar entre la validación y la incomodidad. Esto se hizo más evidente cuando personalidades ajenas al grupo se negaron con desagrado extremo a hablar con ella en una segunda oportunidad, tanto por antipatía, como porque Lidia Pérez siempre buscaba obtener recursos económicos de terceras personas.
La revelación de la verdad
Casada con un mexicano miembro de Nueva Acrópolis para obtener la nacionalidad, Lidia Pérez tenía sentido del humor y cuando algo le hacía gracia tendía a finalizar la risa con un sonido de trompetilla que te producía la impresión de cierta ingenuidad en ella. Era agradable, dada a decir chistes, pero su gracia no consistía tanto en la broma, que a veces no se le entendía, sino en que reía de su propia broma o la decía con convicción que se percibía de torpeza con gracia, con lo cual se tendía a ser indulgente. Su letra era difícil de entender, aunque a ella la parecía armónica.
Era fácil desarrollar simpatía por ella. Igualmente se percibía cariño de su parte, que expresaba de forma natural. El autor de estos comentarios recuerda que, una vez yendo en taxi a una de sus conferencias, en forma amable ella me pasó unos dedos por el cabello, yo tendría 22 años, y me dijo: “tienes un cabello precioso”.
Esta Lidia Pérez López que muchos recordarán llegó a México con grado de estudios de secundaria y nunca tuvo una formación media superior, ni profesional. Su desconocimiento era tal que creía que existía una carrera llamada “Filosofía y Letras” y así lo mencionaba en su página de doctorado, al tiempo que se presentaba como conferencista en Harvard y la Sorbona, con conferencias que estas instituciones informan que nunca se llevaron a cabo.
Su capacidad de hilar conocimientos variados y llenar huecos con su propia inventiva era notorio. Sus conferencias, tanto en España como en México, se basaban en la revisión rápida de libros y añadir conocimientos o creaciones de su parte. Tenía recursos como cuando explicaba, sonriendo, que al referirse a temas de historia se debía decir “antiguas tradiciones nos enseñan que…” y de ahí comentar lo que fuera, porque el propósito era que sonara importante o profundo, aunque no se supiera de qué cultura se hablaba, ni si era verdad lo que se decía.
Su forma inicial de cercanía no se sostuvo en el tiempo. Sobre todo a partir de su entrada al mundo de la radio, se observa un cambio progresivo hacia dinámicas más autoritarias, que con el tiempo se volvieron predominantes
A partir de los años 90’s cuando Lidia Pérez López entró a Radio Red, aumentó su presencia como una constante de temor en Nueva Acrópolis México. En segundo recuerdo, una vez entrando con ella en la sede central, noté que el ruido de sus taconazos al caminar en la sede desencajaba a los menores de 25 años de edad, haciéndolos poner cara de miedo hasta casi hacerlos inclinar la cabeza. Ya desde 1985 ella había iniciado con las ofensas públicas y la expulsión de integrantes con lo que por esos días era la falta capital para Nueva Acrópolis: la orientación homosexual.
Su trato derivó en episodios de violencia verbal sistemática a través de insultos, griterías, descalificaciones públicas, menosprecios y, en ocasiones, lanzar platos. Un recuerdo en ese sentido es entrar una noche a la sede y en medio del silencio sepulcral de los otros integrantes, escuchar ofensas de ella a gritos y sonido de vajilla rompiéndose. Al acercarme a la puerta del salón del Consejo o reunión de dirigentes, descubrí que era Lidia Pérez recriminando a los jefes por incumplimiento de trabajos y acompañando sus alaridos con el estrellamiento de platos y vasos contra las paredes. Lo que pueda sonar de extraño en el sentido de su aceptación por parte de los integrantes, debe ser entendido como consecuencia del adoctrinamiento recibido dentro del grupo, que se toma como parte de una exigencia de tipo discipular y que esto ocurre en todas partes del mundo.
Se generó un patrón reiterado que creó un entorno de maltrato sostenido típico de los ambientes sectarios, basado en la manipulación psicológica para la justificación racional de lo que ocurre y en la indefensión aprendida como esa sensación de que nada de lo que hagas te librará de la violencia, con disminución de la capacidad de respuesta ante el abuso, y de adaptación pasiva a las condiciones impuestas. ¿Nueva Acrópolis Internacional nunca lo supo? Claro que lo supo. Como lo sabe en todas partes del mundo. Es su sistema deliberado de control. A ello se sumaron conductas reiteradas de ética cuestionable que fueron deteriorando el entorno humano y organizativo. El grupo llamado filosófico, más allá de las claras excepciones de quienes seguían tratando de vivir como se dijo al inicio, se volvió un semillero de abusos emocionales y sexuales de los que Lidia Pérez tuvo conocimiento.
En ese contexto, Lidia Pérez López utilizó la estructura de Nueva Acrópolis como un instrumento de control y aprovechamiento a través de promesas de crecimiento personal y una vida mejor. Canalizó el trabajo gratuito de miembros hacia proyectos que dijo eran para Nueva Acrópolis, pero que la beneficiaron directamente, además de en su domicilio, en la adquisición, construcción y mejoramiento de un terreno ubicado en la zona de Tlazala (Edomex), que dijo comprar para Nueva Acrópolis, pero cuyas escrituras estaban a nombre de Lidia Pérez. Lo consiguió por medio del trabajo gratuito de los integrantes, así como del financiamiento por parte de los mismos, mediante préstamos que nunca pagó, y con la colocación de postes de Telmex, por los que no pagó un centavo a dicha empresa mexicana.
Lo que se presentó como un proyecto de desarrollo terminó en explotación sistemática, orientado a la obtención de beneficios económicos y proyección de imagen de Lidia Pérez, y no al cumplimiento de los principios proclamados.
Lidia Pérez López, que se codeó con académicos y artistas, que tuvo programas de radio y apareció entrevistada en Canal 11 con el crédito de antropóloga mientras carecía de toda licenciatura y por ende de toda maestría o doctorado, es la misma persona que en Nueva Acrópolis decidió matrimonios, insertó amantes en ellos, causó divorcios, hizo casar a los amantes, promovió incontables abortos entre adultas y menores de edad del grupo Janos, para finalmente junto con su mano derecha de los últimos tiempos, Esmeralda Osuna Lafarga. tomar las propiedades de Nueva Acrópolis y cambiarles el nombre a Inspira, derivación sectaria de Nueva Acrópolis.
El argumento de “nunca lo supimos”
Después que Lidia Pérez coronó su carrera de aprovechamiento traicionando a su secta, Nueva Acrópolis a nivel internacional ha sostenido una narrativa cómoda con respecto a quien ahora es su villana favorita, luego de decenios de protegerla. La idea, formulada en la siguiente frase, se difundió desde la directiva más alta y es repetida por los integrantes de otros países: “Qué lástima lo que le pasó a México. El caso de Lidia Pérez es el resultado de alguien que se dejó arrastrar por la ambición; una desviación individual de la que los demás debemos aprender para evitarla.”
Es una explicación diseñada para el consumo externo. Clásica maniobra destinada para deslindarse de los propios actos que simplifica lo ocurrido hasta convertirlo en una anomalía aislada, cuando los hechos apuntan en otra dirección.
La dirección internacional sí fue informada desde México. Diversas brigadas femeninas mexicanas y ex integrantes enviaron denuncias a Delia Steinberg describiendo lo que sucedía con Lidia Pérez. La respuesta no fue una investigación abierta ni protección a quienes alertaban, sino amenazas legales e intimidaciones personales para silenciar sus voces. Lo mismo que ha ocurrido en Brasil y otras partes del mundo.
En un aspecto muy menor valdría preguntarse cómo, si la organización sostiene la existencia de guías llamados Maestros, capaces de orientar el desarrollo espiritual de sus miembros e incluso de tener visiones trascendentales obtenidas de la Jerarquía Blanca como el ingreso de Livraga Rizzi al nivel de “Discípulo Aceptado”, ¿cómo es posible que nadie en los altos niveles de mando internacional detectara astralmente lo que estaba ocurriendo con Lidia Pérez?
Cierto que no hacían falta visiones místicas de Livraga ni de Steinberg, Mando Máximo que sucedió a Livraga, que tampoco toleraba a Lidia Pérez. En visita a México, Delia Steinberg, harta de las preguntas risueñas, insolentes y cuasi-infantiles de Lidia Pérez, así como de la nula capacidad de ésta para las relaciones sociales, abandonó una reunión y expresó a un integrante “no sé como soportas a Lidia”. No es muy difícil pensar que la respuesta pudo ser “la soporto porque usted la soporta”.
Esto cambia por completo el encuadre del problema. Ya no se trata de un caso individual, sino de una estructura que, al ser informada, eligió encubrir una situación. ¿Por qué lo hicieron? Lo hicieron por la simple razón de que Nueva Acrópolis rinde un culto totalitario al poder. Una vez en un cargo, la persona puede ser desde un psicópata hasta un idiota funcional, pero si proporciona resultados se vuelve intocable aun si sus abusos son conocidos. Es decir, que en su inoperancia autoritaria, Nueva Acrópolis termina por amparar a sus futuros traidores.
Lidia Pérez López sólo terminó la secundaria
A su deceso, su grupo Inspira, hoy dirigido por Esmeralda Osuna Lafarga, se ha apresurado a reducir las menciones de uno de los mayores fraudes cometidos por Lidia Pérez, caso que debería ser objeto de estudio con respecto a la ingenuidad o a la incapacidad de las instancias judiciales y educacionales de México: que Lidia Pérez López pudiera presentarse como doctora en psicología con mención honorífica summa cum laude.
Sin contar con formación profesional, Lidia Pérez montó un consultorio como psicoterapeuta en la colonia del Valle, de prestigio en la ciudad de México, que ella tenía en el penthouse su departamento, sin tener grado de licenciatura en psicología, ni maestría. El certificado de estudios de preparatoria lo obtuvo mediante el trabajo de un integrante del grupo, que le resolvió el examen obtenido mediante contactos.
Con credenciales de doctorado compradas con dólares y con su locuacidad, Lidia Pérez tuvo presencia en espacios de difusión relevantes, nuevamente gracias a una integrante del grupo. Participó en Radio Red con el programa “Sin máscaras” y “Lidiando el futuro” y posteriormente sostuvo un canal de YouTube, “Amar abierto, doctora Lidia Pérez, sabiduría para ser feliz” donde entrevistó a figuras de la vida cultural y científica mexicana, el último fue el músico Horacio Franco, hasta aparecer en medios como Canal Once. Todo lo que veas de ella es capacidad verbal y lecturas variadas, así como una falta de remordimientos al mentir con total aplomo. Ella solo tenía acreditada la escuela secundaria, quizás.
Esa visibilidad no es menor. Implica una construcción de autoridad pública a partir de la habilidad de desarrollar discursos engañosos y de la falta de criterio por parte de las autoridades. Pudo ser una buena autodidacta, pero mintió como arribista.
También había quien se daba cuenta porque Lidia Pérez contó cómo en una ocasión, en Radio Red se encontró en un elevador con el famosísimo comunicador Gutiérrez Vivó, y que este le dirigió una mirada de desdén y solamente le hizo una risa con sorna.
Inadecuación discursiva
El desagrado que Lidia Pérez causaba en Delia Steinberg era el mismo que generaba en numerosos mandos nacionales de otros países. En los espacios de Nueva Acrópolis dentro de la estructura internacional, la participación de Lidia Pérez generaba repulsión con frecuencia, tanto por el contenido de sus intervenciones, como por la forma en que lo hacía: irrumpía en la conversación, tendía a acaparar la palabra y mostraba casi nula atención a los protocolos básicos de intercambio, como la escucha y el respeto de turnos, además de presentarse como dueña de mayores conocimientos que los demás. Su seriedad era agresiva y su sonrisa se percibía fuera de lugar, desfasada, generada por un estado de ánimo que su auditorio no compartía, y al que no lograba hacer partícipe de su propia emoción, ni en su idea.
Más allá de su papel como charladora en sus programas, en niveles más profundos no era igual. Su dinámica dificultaba el desarrollo de un diálogo sostenido y ordenado, especialmente en contextos que dependían de construcción colectiva de ideas, como los ámbitos académicos formales del nivel de la Universidad Nacional Autónoma de México y en otras asociaciones con las que organizó eventos, donde sus modales de intervención encontraban resistencia o donde se le rebatía en forma que la dejaban en ridículo. No se trataba únicamente de una cuestión de estilo, sino de la dificultad para sostener un discurso articulado bajo criterios académicos, en ella era argumentación falaz pero consistente, manejo inadecuado de conceptos e incapacidad de diálogo crítico.
Un botón de muestra se encuentra durante un coloquio organizado en torno de la memoria de Giordano Bruno, personaje de batalla de Nueva Acrópolis. La secta en México levantó una estatua en la hoy llamada plaza Giordano Bruno, ubicada en la intersección de las calles Roma y Londres, en la Colonia Juárez de ciudad de México.
El Bruno que presenta Nueva Acrópolis no es el histórico, sino una reformulación tendenciosa. Tanto la plaza, como el derribo de una estatua propiedad de la Iglesia Católica que se llamó “Operación Gaviota”, fueron órdenes de Livraga aprobadas por Lidia Pérez López.
En el coloquio Lidia Pérez que se encontraba en la mesa presentó una opinión sobre Bruno y se giró hacia un experto mexicano diciéndole “estarás de acuerdo conmigo”. El experto, ante el ignorante comentario de ella que además provenía del sesgo de Nueva Acrópolis, respondió secamente: “pues no” y procedió a contradecir y corregir cada aseveración sobre Giordano Bruno dicha por Lidia Pérez, creándose un momento patético de presenciar.
Déficit en habilidades relacionales
Más allá de lo anecdótico, lo relevante es que estos episodios permiten entrever la limitación más profunda de Lidia Pérez López: su incapacidad relacional. Todo lo que no se movía dentro del marco de su poder y de su discurso, le era inmanejable. Obligaba a su auditorio a escuchar las cuatro estaciones de Vivaldi, por más de 40 minutos. En cuanto a capacidad de empatía, Lidia Pérez era el tipo de persona que se puede reír durante un velorio.
En ese contexto, cualquier disidencia se volvía prácticamente inviable. La sola expresión de duda o desacuerdo era recibida con silencio hostil, descalificación o estallidos de ira de Lidia Pérez, que iban desde la pregunta en tono hostil y amenazante “¿alguien más no está de acuerdo?”, hasta insultos, humillaciones públicas o la desvalorización feroz de la persona.
Permanecer en ese entorno implicaba, en muchos casos, operar bajo un proceso de condicionamiento sostenido, donde la interpretación de la realidad quedaba mediada por las estructuras internas del grupo.
El problema no radica en descalificar a la persona, sino en señalar que, fuera de los marcos cerrados en los que su discurso podía sostenerse, como ante los integrantes de Nueva Acrópolis México, a los que dominaba y posteriormente en Inspira, ella no lograba integrarse de manera funcional ni en términos académicos ni en términos de interacción social.
Lo anterior aplica a su trayectoria académica inexistente. Su único acercamiento a aulas en México fue cuando ingresó al Sistema Universidad Abierta, de la Universidad Nacional Autónoma de México, sin haber presentado el examen de admisión... gracias, de nuevo, a otro contacto. Lidia Pérez entraba a clases de la carrera de Letras Hispánicas en la UNAM mientras integrantes de Nueva Acrópolis estudiaban por ella y le realizaban las tareas, como un “trabajo para la Maestra”. No obstante, más allá de firmar los trabajos que se le hacían, su carácter le hacía imposible tener una presencia coherente en clases, provocando en los profesores de la UNAM la misma incomodidad y enojo que causaba con frecuencia, al grado de que los académicos la callaban con fastidio en plena clase. Con el tiempo, al no sostener ese proceso porque quienes le elaboraban los trabajos cesaron de hacerlo, abandonó dichos estudios.
Sin título, ni cédula profesional
Su incapacidad para estudiar una carrera en solitario y al no conseguir que otros estudiaran por ella, al contrario de cómo sí consiguió que otros escribieran los libros que vendía como autora, decidió comprar un simulacro de título profesional, ahora directamente un doctorado espurio, el cual festejó usando la estructura de Nueva Acrópolis. La reseña del evento y otros datos aparecen en el libro “El Gran Engaño”.
El título que presentó en todas sus intervenciones públicas se realizó mediante la adquisición de un documento expedido por la llamada Universidad Newport, institución sobre la cual la Secretaría de Educación Pública mexicana emitió en diversas ocasiones, alertas señalando que los programas de “Newport” no contaban con Reconocimiento de Validez Oficial de Estudios (RVOE). La “Universidad Newport” desapareció y la organización aclaraba que sus estudios equivalían a los de preparatoria y eran únicamente válidos en la zona de California, Estados Unidos.
Se hizo, además, la mención de un trabajo de tesis del que nunca se mencionó ante qué jurado la sustentó, trabajo que nadie ha visto publicado y que lleva por título el tema que se volvió la bandera de Lidia Pérez López… el amor. Un hecho irónico, dada su conducta antagónica de destrucción.
Esta situación no impidió que se le continuaran brindando espacios, incluso dentro de la Universidad Nacional Autónoma de México, lo que refuerza la percepción de una omisión sistemática en los procesos de verificación institucional.
Se trata de la proyección de una identidad académica que no correspondía a credenciales verificables, lo cual indujo a error a audiencias más amplias y otorgó legitimidad indebida a su discurso.
Ante su fraude, muchos de sus integrantes pueden decirle, hoy: “yo sí estudié”.
¿Crítica postmortem?
Es previsible que algunos seguidores sostengan que esta crítica es injusta o incluso cobarde por formularse tras el fallecimiento de la persona. Sin embargo, esa objeción no se sostiene frente a los hechos.
Las denuncias no son recientes ni oportunistas. Durante años se realizaron gestiones formales para alertar sobre la situación ante instituciones culturales y académicas, judiciales y policiales, incluso ante influencers sobre la ausencia de un grado profesional válido en Lidia Pérez, pero no se registró una respuesta efectiva ni acciones correctivas. Sí prestaron atención instituciones como Red de Apoyo, ademas de RedUNE, que ya tenía larga data de choques con Nueva Acrópolis. En términos generales, medios como revistas Proceso, Vice y el periodista, antropólogo y filólogo Ulysses Ozaeta, abordaron seriamente el problema de la secta.
Por ello, este señalamiento no surge de una reacción tardía, sino de un proceso sostenido en el tiempo. Lo que hoy se expone forma parte de una preocupación documentada que no encontró cauces eficaces en su momento, y que, por ello, requiere ser visibilizada ahora en su justa dimensión.
Antes de México
Para entender la consolidación de su carrera es importante rastrear su época previa a México, en específico en España como mando de Nueva Acrópolis Lugo, donde comenzaron a observarse los patrones que se volverían característicos. Entre ellos, la tendencia reiterada a la inexactitud y la audacia en sus afirmaciones sin fundamento alguno.
Siguiendo el ejemplo y la recomendación del fundador de Nueva Acrópolis, el argentino Livraga, sobre el hecho de fingir tener grados académicos para validar el discurso, era frecuente que Lidia Pérez impartiera exposiciones sin una base académica sólida verificable, construyendo sus intervenciones a partir de como hemos dicho información parcial, lecturas fragmentarias y elaboraciones propias. Esto no impedía que sus presentaciones resultaran convincentes: destacaba una notable habilidad para articular ideas, combinando elementos ciertos, con generalizaciones amplias y ambigüedades cuidadosamente formuladas que impactaban en la audiencia. Cabe mencionar que ella consideraba por ideas fundadas en imprecisos conceptos esotéricos, que canalizaba un rayo o elemento de personalidad de Adolfo Hitler, lo que le daba habilidad discursiva.
El resultado eran discursos que, en apariencia, ofrecían coherencia y profundidad, y que giraban en torno a temas presentados como relevantes. Sin embargo, para los integrantes que contaban con formación en las áreas abordadas, la falta de sustento riguroso resultaba evidente. Al interior del grupo se aceptaba por el argumento de que “el fin justifica los medios”, frase de Livraga para validar que, como el mensaje del grupo es verdadero, no existe problema en jugar las cartas falsas del mundo. En pocas palabras: como tener filósofos es difícil porque hay que estudiar, mejor inventamos los certificados. Hoy, varios de sus seguidores trabajan en esa misma línea, presentándose sin RVOE como doctores o psicólogas.
Lo observado en Lugo no fue un episodio aislado, sino un antecedente claro de un modo de operar que permitiría a Lidia Pérez sostener una imagen de legitimidad y facilitar dinámicas de control, aprovechamiento y eventualmente, abuso dentro de los espacios que encabezó.
La responsabilidad compartida
Ahora bien, reducir el fenómeno a la conducta de una persona sería insuficiente. Es necesario señalar que una parte del entorno sostuvo esta dinámica: los integrantes de Nueva Acrópolis México y hoy los de Inspira que lo hicieron de manera consciente. Sin hacer referencia a los adoctrinados ni a los que tarde o temprano se alejaron, muchos participantes no solo permanecieron, sino que validaron, respaldaron o protegieron las prácticas de Lidia Pérez, motivados por la obtención de beneficios personales, posiciones de influencia o ventajas dentro de la estructura, como las de tipo económico o sexual. La primera en validar esto fue Delia Steinberg Guzmán, quien la sostuvo como Mando Nacional por más de 20 años.
Esto introduce un elemento de responsabilidad compartida en la consolidación de esa espiral de deterioro, tanto a nivel personal como organizacional.
El abuso de terceros
Los testimonios recabados a lo largo de los años coinciden en describir un nivel de intervención extrema en la vida privada de los miembros. Lidia Pérez no solo ejerció autoridad organizativa dentro, al estilo de todo mando en Nueva Acrópolis, sino que extendió ese control a decisiones íntimas, incluyendo la conformación, ruptura y reconfiguración de relaciones de pareja.
Diversos relatos sostienen que introducía a terceros en los matrimonios, inducía sus separaciones y reorganizaba vínculos afectivos, haciendo casar a los que antes fueron amantes, generando dinámicas en las que los compromisos originales quedaban desplazados o marginados. Existen señalamientos reiterados sobre presiones en torno a embarazos, donde se orientaba a mujeres hacia la interrupción y en otros casos, se promovía la continuación, del embarazo. En los casos de abortos se hacía mediante la intervención de terceras personas que las llevaban a clínicas clandestinas.
Lo que emerge no es una suma de incidentes aislados, sino un ejercicio sistemático de control, intimidación e injerencia en la vida de los miembros, sostenido en el tiempo y validado por quienes formaban parte de la estructura.
La evolución de su figura resulta significativa: de una presencia inicialmente cercana y accesible, pasó a consolidarse como una autoridad abusiva a grados extremos, sostenida por el discurso, la proyección pública y la falta de verificación institucional.
En la vida cotidiana y en el funcionamiento interno, también se observaban contradicciones entre el discurso y la práctica. Durante reuniones, ella mantenía hábitos diferenciados, consumiendo alimentos y bebidas de calidad superior al resto, al que se le servían comidas sencillas. En los viajes, los integrantes debían cubrir la totalidad de los gastos de Lidia Pérez: transporte, traslados, alimentación, estancias y propinas, con el argumento dicho por ella, de que eso se hacía porque “era mando de todos”. Este tipo de falacias son frecuentes en Nueva Acrópolis a lo largo del mundo y del tiempo.
Buscó proyectar una imagen más refinada, emulando estilos asociados a mayor capacidad económica, lo que contrastaba con posturas previas que ella promovía entre los integrantes, como la idea de no estar demasiado atentos a la ropa, de evitar grandes posesiones personales o evitar vínculos afectivos con animales, pese a que posteriormente cargaba un perro faldero en sus conferencias y se calaba pamelas. Por lo que puede verse como en su uso de sombreros, ropa y en su tatuarse las cejas, copió el estilo, pero nunca tuvo la clase.
Finalmente, resulta particularmente significativa la distancia entre el discurso público, centrado en valores como los vínculos humanos, sobre todo su discurso insignia, el poder del amor. La anfitriona del programa “Amar abierto” abandonó a su hijo en España y cuando él intentó acercarse a ella viajando a México, para buscarla pese a los intentos de ella por desanimarlo, su hijo, en los 90s un joven de nobles sentimientos y completamente al margen de todos los manejos de Lidia Pérez, encontró rechazo que llevó a la ruptura del vínculo por parte de ella, luego de permitir que integrantes de Fuerzas Vivas hicieran escarnio de él.
El culto a la imagen
Al buscar mayor presencia en medios comenzó a dar importancia a la imagen que proyectaba. Según refirió, al llegar a las estaciones de radio notaba la diferencia entre su automóvil y los de otras personas.
La compra de su auto se narra en el libro “El Gran Engaño”, disponible en línea en forma gratuita, el cual es principalmente una crítica a Nueva Acrópolis a nivel mundial.
El incremento de las exigencias
La estructura comenzó a ser utilizada de manera cada vez más directa para fines personales: aumento de cuotas, adquisición de bienes, trabajos de mantenimiento y construcción realizados por los integrantes. Estas actividades se desarrollaban bajo una narrativa formativa, donde el esfuerzo, la disciplina y la “renuncia al ego” eran presentados como parte del proceso de crecimiento.
Ese encuadre generaba un efecto particular: una parte de la mente tendía a justificar lo que ocurría, interpretándolo como enseñanza o exigencia legítima, incluso cuando las formas eran claramente abusivas. La crítica se neutralizaba desde dentro, mediante el sistema de creencias que se había interiorizado.
Al mismo tiempo, la imagen externa proyectada era muy distinta. Fotografías, actividades colectivas y eventos mostraban a jóvenes participando con entusiasmo, trabajando juntos, sonriendo, construyendo comunidad. Este tipo de representaciones, comunes en organizaciones de este tipo como su Inspira, calca de Nueva Acrópolis pero con fechada de ecológica, contrastaban de manera radical con la experiencia de muchos participantes.
En paralelo, se fue consolidando un proceso de personalización del poder. La referencia dejó de ser la organización como tal y se concentró progresivamente en la figura de Pérez López. Beatriz Diez Canseco quien por un tiempo fue Mando Máximo, llegó a decir a los dirigentes de México “la obediencia tiene un límite”, en clara alusión al sometimiento local a Lidia Pérez. Exhortación de todos modos extraña en un grupo donde la obediencia se consolida bajo juramento. Grave, pero tampoco la removieron, aunque se le fue exigiendo nombrar una sucesora que terminó siendo Osuna Lafarga ya alcanzados los años 2000.
Deformados por Lidia Pérez
Dos elementos terminaron por volverse centrales en la conducta de Lidia Pérez: el dinero y la imagen. El objetivo era la acumulación de dinero y de bienes, que en lo material fueron el terreno de Tlazala, un penthouse en la colonia del Valle, una casa en Valle de Bravo, la propiedad de la Comunidad Universitaria de Estudios Profesionales (CUEP), esto en México, así como un departamento en Barcelona, al parecer obtenido por herencia, al lado de proyectar una apariencia de prestigio, influencia y estatus.
Este énfasis en la imagen se integró con una lógica donde el fin justifica los medios, enseñanza deformada tradicional de Nueva Acrópolis. En ese contexto, la obtención de prestigio, recursos y posicionamiento se volvió prioritaria, aun cuando ello implicara contradicciones evidentes entre el discurso y la práctica.
Un tema que siempre afectó a Lidia Pérez era que los integrantes de Nueva Acrópolis no se veían “finos”. Lo cierto es que varios jóvenes de entonces, sobre todo los hombres, tenían un aspecto más de artistas y menos de postín. Así que la mayoría, de clase media y los artistas bohemios no proyectaban nivel económico holgado. En más de una ocasión planteó explícitamente el deseo de que la organización se viera “como los otros grupos”, es decir, los de mayor estatus económico y presencia social.
Su inquietud se vio satisfecha cuando se abrió la filial de Guadalajara.
El proceso que se desarrolló en Guadalajara resulta especialmente revelador dentro de esta dinámica. En una primera etapa, se comenzó a otorgar un estatus diferenciado a los integrantes de esa sede, en contraste con los de otras regiones con menor capacidad económica. Esta distinción no solo operaba en términos materiales, sino también en la valoración de rasgos personales privilegiando perfiles asociados a mayor poder adquisitivo, presencia social y hay que decirlo, tez más clara.
De manera progresiva y dándoles más libertad para estar en Nueva Acrópolis y de manera más cómoda en comparación con la libertad y cantidad de trabajo que se imponía a los demás, Guadalajara se fue convirtiendo en el nuevo eje de poder dentro de la estructura. Lidia Pérez se dio a hacer viajes frecuentes a esa ciudad para tener reuniones con ellos, adoctrinarlos y promoverlos, hasta que convirtió a Guadalajara en la capital de Nueva Acrópolis México, dejando de ser la ciudad de México, que comenzó a languidecer siendo poco visitada por ella. Ya había encontrado a los que podía usar mejor.
Desde ahí, Lidia Pérez seleccionó y promovió a dirigentes de Guadalajara que posteriormente eran enviados a fundar o dirigir otras filiales, con la característica de ser más leales a ella que a Nueva Acrópolis. Nombró como nueva “Maestra” a Esmeralda Osuna Lafarga, respecto a la cual exigió que se le diera ese título pese a la resistencia de los integrantes más antiguos, para asegurar la continuidad de su control sin intervenir del todo directamente.
Este movimiento no fue meramente geográfico, sino estructural: implicó una reconfiguración del poder, donde los criterios de cercanía, afinidad y utilidad para el proyecto personal adquirieron mayor peso que cualquier principio institucional.
Generalmente rechazada
En el ámbito de Nueva Acrópolis internacional, la posición de Lidia Pérez nunca fue plenamente consolidada. Diversos testimonios señalan que no contaba con aceptación amplia entre los niveles directivos de Nueva Acrópolis, quienes la veían con irritación por su naturaleza invasiva, protagónica y confrontativa, con tendencia a cuestionar decisiones, no como crítica sino para intervenir de manera insistente en asuntos que no le correspondían.
En particular, su relación con Delia Steinberg Guzmán estuvo marcada por tensiones. En distintos espacios buscaba sostener una posición de autoridad apelando a interpretaciones de las llamadas enseñanzas de Livraga Rizzi (en el estilo “esto no es así porque JAL decía que...”), lo que derivaba en cuestionamientos abiertos a la línea. Estas intervenciones generaban incomodidad y, en ocasiones, respuestas correctivas por parte de Delia Steinberg, ya como Mando Máximo.
Cuando se aproximó el proceso de sucesión en el liderazgo global, la inconformidad de Lidia Pérez se hizo más evidente. Según distintos relatos, durante años habría buscado posicionarse para acceder a ese nivel de mando, lo que incluyó la presentación de informes que favorecían su imagen y su gestión. En ese sentido, se observaba una brecha entre su habilidad para construir discursos y su capacidad para sostener relaciones colaborativas estables, y la ausencia total de liderazgo, lo que incidió en su falta de integración en niveles superiores de decisión. Sin embargo, la decisión final recayó en Beatriz Diez Canseco, lo que representó el golpe definitivo a sus ambiciones, irreales en la medida en que era incapaz de identificar los rasgos que la hacían indeseable a la mayoría de los dirigentes internacionales, incluido el Mando Máximo.
Inspira
Es sencillo entender el proceso de razonamiento de Lidia Pérez López: comprobó que nunca sería Mando Máximo, había cuestionamientos como los de la revista Proceso y el libro “El Gran Engaño”, ya no tenía la titularidad de Mando Nacional en México y estaba llegando a una edad relativamente mayor. Las propiedades importantes del grupo estaban a su nombre. Había asegurado su control por medio de su seguidora Esmeralda Osuna Lafarga y había reorganizado el grupo a su favor.
¿Para qué seguir en Nueva Acrópolis? Mejor nos apropiamos de ella y la fuente de dinero queda asegurada.
En la etapa previa a la ruptura formal, dentro de Nueva Acrópolis México y sin informar a los integrantes el objetivo real de la ruptura con Acrópolis, se instauró un periodo caracterizado por exigencias económicas y operativas extraordinarias por parte de Lidia Pérez. En tono autoritario y con sentido de exprimir las economías, incrementó las cuotas, exigió aportaciones adicionales e intensificó la carga de trabajo de los integrantes, al mayor ritmo nunca hecho.
Al cabo de ese periodo, en teleconferencia con Delia Steinberg Guzmán, Lidia Pérez acompañada por Esmeralda Osuna Lafarga anunció su ruptura con el grupo.
Este aspecto resulta particularmente significativo porque implica que incluso quienes no formaron parte de la separación contribuyeron, sin saberlo, a la consolidación de la nueva agrupación. En ese sentido, la intensificación de las exigencias puede entenderse como un momento clave en la transferencia de capital humano y material que hizo posible la apropiación.
Hecho esto, en reunión con los integrantes de Nueva Acrópolis se presentó la decisión como definitiva, pero con otro matiz: Lidia Pérez y Esmeralda Osuna afirmaron que Nueva Acrópolis había perdido su rumbo y se ofrecía a quienes lo desearan, integrarse al nuevo proyecto denominado Inspira.
La razón que expuso Lidia Pérez: “ya no somos felices en Nueva Acrópolis”.
El planteamiento se articuló en torno a una promesa de liberación: eliminar las exigencias de la estructura, guardias, trabajos de Fuerzas Vivas, compromisos formativos, desaparecer el estudio de la filosofía (que nunca estudiaron) y construir un espacio más ligero dedicado a la ecología. Lo que se sabe al día de hoy, es que Inspira es una versión peor de Nueva Acrópolis.
La transición no se dio en condiciones abiertas. En las distintas sedes, los miembros fueron convocados en un ambiente hostil, uno por uno en la oficina del encargado de filial o jefe de filial, para interrogarlos y responder de manera individual sobre permanecer en Nueva Acrópolis o adherirse al nuevo grupo. Quienes optaban por permanecer en Acrópolis eran conducidos a la calle: levantarlos de la silla, llevarlos a la puerta, colocarlos en la acera y cerrarles la puerta, quedando fuera de los espacios que habían sostenido durante años o la mayor parte de su vida adulta.
El resultado fue una reconfiguración inmediata de la estructura material. Bibliotecas, mobiliario, estandartes de Fuerzas Vivas y locales adquiridos mediante el trabajo y las aportaciones colectivas quedaron bajo control de Lidia Pérez. En cuestión de horas se retiraron los emblemas de Nueva Acrópolis y fueron sustituidos por los de Inspira, cerrando el acceso a quienes no habían aceptado el cambio.
La frase “ya no éramos felices” se convirtió en la justificación generalizada del proceso, incluso repetida exactamente, adoptando un talante de inconformidad y repentina conciencia por parte de quienes habían mantenido, hasta días antes, una postura de aceptación de Nueva Acrópolis y de silencio y temor a criticar a la organización. Lidia Pérez, que ante los connatos de crítica humillaba a todos, de pronto descubrió que Nueva Acrópolis ya no sabía tratar a la gente.
Así, el cambio no fue únicamente organizativo, sino también discursivo. Personas que durante años habían sostenido una identidad institucional pasaron, en un corto periodo, a adoptar un relato común que legitimaba la escisión.
Finalmente, esta nueva narrativa se proyectó hacia el exterior. En el programa de radio de Lidia Pérez, se presentaron testimonios de integrantes que reforzaban esta versión, para legitimar la nueva estructura ante la opinión pública.
En conjunto, lo ocurrido no puede entenderse como una simple separación. Se trató de un proceso planeado que combinó reorientación del poder, presión interna, apropiación de recursos y construcción de un discurso justificatorio, permitiendo trasladar una base de miembros, así como una identidad reorganizada bajo un nuevo nombre.
Aquí el último recuerdo del autor de este recuento. El día que le dije que me iba de Acrópolis, ella casi lloró, me dijo que me quería mucho y que lo pensara de todas maneras. Por algún tiempo, este cuadro me pareció lo único rescatable de todo lo que sucedió, de todo lo que vi y que viví en esa época. Sin embargo, ya no ante la traición a la entrega que como muchos tuve por creer que Nueva Acrópolis valía, sino ante el daño que Lidia Pérez causó a tantas personas, de tantas maneras, su expresión final hacia mí no se salva. No se puede comprender. Lo que hizo a los sentimientos de las parejas, a los jóvenes y a los niños es un mal que no tiene justificación. No tiene perdón.
“Ya no éramos felices”
Cuando escribí “El Gran Engaño” incluí una reflexión que llamé profecía y que asocié con el karma, en la que señalaba que los procesos de ruptura dentro de Nueva Acrópolis tienden a ser cíclicos, asociados a crisis internas que, tarde o temprano, desembocan en desbandadas por medio de momentos desencadenantes. Visto como profecía se cumplió. Al poco, vino la ruptura y creación de Inspira por el momento desencadenante de la frustración de las ambiciones de Lidia Pérez por ser Mando Máximo de Nueva Acrópolis. En realidad, solo por su narcisismo maligno pudo haber creído que lo sería.
El “ya no somos felices” se volvió por ende la repentina justificación para continuar bajo la nueva estructura de Inspira, presentada como una alternativa más libre y menos exigente en términos de compromiso.
Así, personas que durante años habían sostenido la estructura original y la habían defendido, terminaron repitiendo una narrativa común que justificaba la ruptura. Al preguntar a cualquiera de ellos sobre su razón para dejar Acrópolis, los que habían defendido adoptaban una expresión de hastío y cansancio repitiendo la consigna dada por Lidia Pérez bajo el modo: “es que ya no éramos felices.”
Finalmente, esta postura se proyectó hacia el exterior. En emisiones de su programa de radio se promovió una visión contraria a Nueva Acrópolis, apoyándose en testimonios de integrantes que habían transitado hacia la nueva agrupación.
“Recuperamos nuestra casa”
Uno de los aspectos más reveladores de todo este proceso es la manera en que fue interpretado por quienes lo vivieron dentro de Nueva Acrópolis México, la entidad afectada. Después de años de maltrato, de haber defendido a Lidia Pérez frente a denuncias como las expuestas en “El Gran Engaño”, de haber sido objetos de explotación sistemática y finalmente, de ser desplazados de los espacios que habían sostenido, cabría esperar una revisión crítica con respecto a lo que dijeron “defenderemos a nuestra Maestra”, y con respecto a que el sistema del grupo defendió el hurto o con respecto a su propia falta de observación.
Sin embargo, ocurrió algo distinto.
Quienes permanecieron en Nueva Acrópolis, tras haber sido excluidos de sus propias sedes y arrebatados de lo que habían construido, difundieron mensajes y folletos en los que afirmaban: “Recuperamos nuestra casa”.
Ahora se trata de una rebelión heroica contra la tirana. Seguro que hubo una lucha para defender sus locales expulsando a quienes les robaban en sus caras. La expresión “Recuperamos nuestra casa” encierra una paradoja evidente: no hubo tal recuperación, sino una pérdida de la que no se defendieron y que fue resignificada como victoria porque la alternativa les daba miedo.
Pero esta resignificación no responde simplemente a un intento de hacer la experiencia soportable. Apunta a algo más profundo, a una forma de pensar ya configurada por la estructura. Es decir, no se trata de una racionalización, sino del efecto de un marco mental interiorizado, en el que la interpretación de los hechos queda subordinada a la necesidad de preservar la coherencia del sistema y evitar a como dé lugar, la propia humillación. Se trata de la incapacidad plena de defenderse y de razonar lo que pasaba.
“Recuperamos nuestra casa” no surge como un análisis, sino como una respuesta aprendida, una simplificación que reemplaza la complejidad de lo vivido por una narrativa funcional en vez de aceptar que no recuperaron nada. Fueron manipulados, explotados, fueron objeto de humillación y de abusos, fueron utilizados económicamente y fueron echados a la calle, pero para ellos fue: “Recuperamos nuestra casa” .
En esa misma línea se inscribe la versión que hoy se difunde a nivel internacional: que lo sucedido fue producto de una desviación individual, que Lidia Pérez “se extralimitó” y que el problema fue un caso particular. Sin embargo, lo que muestran los hechos es otra cosa: no una excepción sino una intensificación de prácticas ya existentes, una deformación que desincentiva la autocrítica y privilegia la lealtad al relato, por sobre la confrontación con los hechos. Nada de esto es la actitud de un filósofo.
Su conducta no aparece como una anomalía, sino como la expresión exacerbada de una lógica previa, normalizada dentro de la estructura. Esto desplaza el foco del individuo al sistema, y obliga a considerar que lo ocurrido no puede entenderse sin examinar el entorno que lo hizo posible, lo toleró y, en distintos momentos, lo aprobó.
Lo ocurrido en México se ha reproducido a lo largo del tiempo en todo el mundo “acropolitano”, siempre pasa, les roban la estructura usando las mismas estrategias y cambian el nombre para crear un nuevo modelo de negocios. No solo es Lidia Pérez, es Nueva Acrópolis que forma a sus propios arribistas, quienes reproducen el modelo autoritario con otros nombres y otros distintivos. Nueva Acrópolis y la imprudencia permite la validación social de personajes como Lidia Pérez López.
Lidita
Un elemento que resulta especialmente revelador al observar lo ocurrido: el destino de quienes estuvieron más cerca de Lidia Pérez López. Con el paso del tiempo, una parte significativa de sus colaboradores más próximos terminó rompiendo con ella y abandonando Inspira, muchas veces tras conflictos directos.
Del mismo modo, quienes la defendieron en México frente a los señalamientos expuestos en “El Gran Engaño” acabaron, ya en la década de 2020, verificando en su experiencia aquello que habían rechazado. Lo que fue desestimado como exageración o ataque externo, se confirmó al punto de que se convirtió para muchos en vivencia personal, a menudo en condiciones terminales de enfermedad, situación que Lidia Pérez trató con inhumanidad.
Al final, fueron pocos los vínculos que lograron sostenerse. Aquellas formas iniciales de cercanía, afecto o lealtad desaparecieron por completo, pero lo que puede entenderse es que Lidia Pérez solamente usó la educación y sobre todo el aura de la imagen de “Maestra” para su beneficio y que el aumento de su poder le hizo sentir el espacio para mostrar su verdadera personalidad, gracias al adoctrinamiento o a la complicidad conciente. En ese proceso, se repiten testimonios de rupturas profundas, distanciamientos definitivos y abandono de relaciones significativas, incluyendo las de carácter familiar. La fábrica de abortos y promiscuidad del grupo fue obra de Lidia Pérez López, quien se sonreía complaciente y se refería a sí misma con tono infantil y viendo bajo, como “Lidita”.
El saldo humano de Lidita es difícil de ignorar. El paso de Lidita dejó personas desgastadas, desilusionadas, profundamente afectadas, dañadas en su desarrollo adolescente o infantil, muchos jóvenes o adultos con consecuencias que se proyectan en el tiempo como cargas emocionales y morales persistentes a lo largo de sus vidas. Por Lidita, mujeres no tuvieron hijos, no tuvieron parejas, perdieron cónyuges, separó matrimonios, Lidita permitió relaciones destructivas, hubo hijos disfuncionales, mujeres que tuvieron más de lo que hubieran querido por su mano, hombres que se casaron o tuvieron hijos por una palabra de ella, Lidita ordenó abortos en adolescentes, Lidita hizo ofertas de mujeres casadas o de jóvenes bajo la risa satisfecha de un “¿quieres que te la envuelva para regalo?”
Al final, el aspecto abotargado de Lidita contrasta con la imagen pública de la doctora en psicología que proyectaba simultáneamente con mensajes sobre el amor, la unión, los nexos con lo sagrado, el equilibrio, el respeto y decir que México era su patria, con presencia en medios, interlocución con figuras culturales y una narrativa centrada en valores como el desarrollo personal y el “amar abierto”.
Esta disonancia entre lo vivido por quienes estuvieron dentro y lo mostrado hacia fuera constituye uno de los núcleos más difíciles de eludir al momento de valorar el conjunto de su trayectoria. La trayectoria de Lidita.
El desenlace
En los últimos meses de su vida se hizo el diagnóstico de una enfermedad terminal en Lidia Pérez López. Poco después de sus últimas apariciones en medios, se produjo su fallecimiento. Tras ello, la agrupación Inspira difundió mensajes de homenaje en torno a su figura y se apresuraron a mitigar lo negativo de su imagen como su falso doctorado.
Hay un elemento que no deja de llamar la atención por su carga simbólica. A lo largo de los años, Lidia Pérez sostuvo en repetidas ocasiones que el enojo lleva al cáncer, que aquello no “trabajado” se traduce en cáncer, que quienes mentían continuamente, terminaban enfrentando cáncer. Resulta inevitable advertir la paradoja: fue precisamente una enfermedad de esa naturaleza la que puso fin a su vida.
La conclusión
Lidia Pérez pudo haber sido, en efecto, un punto de referencia para muchas personas. Tuvo la capacidad de influir, de convocar, de generar adhesión. Pero esa posibilidad no se concretó. Con el tiempo, terminó por romper los vínculos que ella misma había tejido. A quienes más daño le hizo fue a los más cercanos a ella.
Lidia Pérez López dañó de manera profunda a las personas que la rodearon, ya sea por afectación directa o por llevarlos a aceptar valores negativos como forma de vida. El grupo de falsas psicólogas, doctores y expertos que le copiaron el modo y hoy se encuentran en medios. Por eso, la valoración final no puede sostenerse en destellos iniciales, sino en el conjunto de los hechos.
Se debería retirar a Lidia Pérez toda mención pública de grados académicos, difundir su fraude e Inspira debería explicar cómo aceptaron que ella se presentara así, sabiendo que no tenía cédula profesional.
Lo que queda no es solo una memoria personal, sino una pregunta más amplia: ¿qué tipo de vida se construye cuando el discurso y la práctica se separan de manera sistemática, y qué huella deja eso en los demás?
Aquí tienes la respuesta. Analiza, no hubo una Lidia Pérez, hay muchas y muchos en los centros de Nueva Acrópolis en el mundo. Pregunta. Todo discurso y toda persona que parezca verdad debe ser sometida a tu escrutinio. No le creas a nadie de entrada, por más bien que hable. Investiga.
Durante años Nueva Acrópolis, Lidia Pérez y hoy Inspira, han configurado un entorno donde la crítica era desincentivada, la obediencia se normalizaba y la interpretación de la realidad quedaba subordinada a un marco establecido. En ese contexto, no solo se toleraron prácticas cuestionables, sino que se les dio sentido, se les justificó y en muchos casos, se les defendió activamente.
Por eso, lo ocurrido no puede entenderse únicamente como un abuso ejercido por una figura de poder. También revela la fragilidad de un colectivo que al carecer de mecanismos de autocrítica y de límites claros, llevó a que no hubo uno solo, uno solo que alzara la voz contra lo que finalmente lo perjudicó. No pueden decir que están enfocados a “asuntos más importantes”, porque su asunto más importante, su ideología, fue lo que llevó a ese horror humano.
La ruptura, el despojo, la reconfiguración del relato y la posterior repetición de consignas tanto en quienes se fueron como en quienes se quedaron, son expresiones de la dificultad para confrontar la realidad cuando hacerlo implica cuestionar el sistema.
La lección es más amplia que el caso mismo. Allí donde una organización sectaria como Nueva Acrópolis y su ramificación sectaria de Inspira, deforma no solo prácticas, sino también la manera de interpretar la experiencia, existe el riesgo de que el abuso sea incorporado, explicado o negado desde dentro, sin llegar nunca a ser reconocido.
Y mientras ese mecanismo permanezca intacto, los nombres pueden cambiar, las estructuras pueden transformarse, pero el fondo del problema seguirá siendo el mismo.
Lo que este caso pone en evidencia no es únicamente la trayectoria de una persona, sino el funcionamiento de una estructura y de una forma de pensar que la hizo posible. Reducir lo ocurrido a una desviación individual, a la idea de que alguien “se extralimitó”, resulta insuficiente. En el origen se encuentra la secta destructiva Nueva Acrópolis, que dejó crecer y cobijó a una persona como Lidia Pérez.
Y es por ello por lo que al abuso y fraude de Lidia Pérez y con el genuino deseo de que haya quiénes vean sin máscaras a la Lidia que hay en toda secta, y para que quede constancia de la criminal, falsa y vana vida de Lidia Pérez López, le dedicamos este IN MEMORIAM.

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