Julia L. España
(Entró en Nueva Acrópolis con 17 años y estuvo en Fuerzas Vivas más de 20 años)
A petición de muchas personas y, sobre todo, por respeto a mí misma, he decidido escribir mi testimonio. Lo hago también por mi compromiso con la memoria y por la responsabilidad que siento de no olvidar y de dar a conocer lo que viví en el interior de una asociación coercitiva.
Obviamente, no podré contarlo todo. No porque no quiera, sino por el poco espacio del que dispongo y, en algunos casos, por respeto a personas que podrían verse involucradas en situaciones que no se merecen.
Conocí Nueva Acrópolis en una ciudad española cuando tenía dieciséis años. Aquel lugar me pareció limpio, luminoso, lleno de gente alegre que me trataba muy bien y que conseguía hacerme sentir especial. En aquella etapa de mi vida lo necesitaba mucho. Era una adolescente con una gran falta de cariño y que buscaba desesperadamente algún sentido a la vida.
A los diecisiete años empecé el curso de Filosofía Natural o Esotérica. Las clases me fascinaban: karma, dharma, reencarnación, vivir la ética como discípulo y no como alumno, el Bhagavad Gita… Por fin sentía que había encontrado un lugar donde podía aprender cosas realmente importantes.
Recuerdo incluso mi enfado adolescente al pensar que aquellos temas no se enseñaban en las escuelas oficiales. Me preguntaba por qué nadie nos hablaba de esas cuestiones.
Pero poco a poco empezaron a aparecer cosas que entonces no supe interpretar.
Un día, en una clase, la instructora explicó cómo debía vestir un filósofo y, sobre todo, cómo debían vestir las mujeres. Según nos decía, debíamos llevar siempre faldas y estar bien arregladas.
Me negué inmediatamente. Siempre había odiado las faldas. Cuando era niña, mi madre me las compraba y yo, para no ponérmelas, llegaba a hacerlas desaparecer enterrándolas en el jardín.
Sin embargo, acabé pensando.
«Todo sea por la filosofía»
Me gustaban las clases y el ambiente de la sede, así que acepté algo que, en otras circunstancias, probablemente no habría aceptado.
Finalmente me convertí en miembro. Empecé a colaborar como voluntaria en la Secretaría de Mantenimiento, realizando tareas de limpieza, y tenía que anotar las horas que dedicaba a las diferentes secretarías. Si superaba determinado número de horas de voluntariado, pagaba menos cuota.
Con el tiempo supe que había personas que no querían realizar tareas de limpieza y que no les importaba pagar una cuota más alta. La diferencia era que esas personas tenían trabajos con buenos sueldos y podían permitírselo, esa era una especial forma de voluntariado que se consentía.
Como nuevo miembro cursaba ISO, Introducción a la Sabiduría de Oriente, y Psicología. También había empezado a salir con un chico de la organización.
Yo estaba feliz. Sentía que, por fin, la vida me sonreía.
Pero entonces llegó algo que cambiaría mi relación con NA: la exigencia de someterme a una jerarquía piramidal de mando que se presentaba bajo la apariencia de una cadena discipular: maestro, discípulo.
Por eso quiero contar algo que me ocurrió personalmente, porque con el tiempo he llegado a pensar que fue una experiencia decisiva.
Mi impresión es que primero tenían que romperte un poco por dentro para después explicarte que aquello formaba parte de la superación de las barreras de tu personalidad material, para permitir que el alma inmortal pudiera manifestarse.
Un domingo por la mañana, durante una clase de Psicología que se realizaba en el monte, apartados de la civilización, tuvimos que realizar un ejercicio. Debíamos reír o llorar cuando el instructor nos lo ordenara.
Estábamos sentados en el suelo formando un semicírculo. Primero ordenó reír a carcajadas a mi pareja, que estaba sentado a mi lado. Después fui pasando yo y, uno por uno, todos los demás.
Cuando terminó el último, comenzó de nuevo, esta vez ordenando llorar.
Yo había visto llorar a mis compañeros y aquella situación me había provocado mucha vergüenza ajena. Cuando llegó mi turno, me negué.
No quería llorar.
El instructor me dio varias veces la orden, pero seguí negándome. Entonces se levantó, se puso delante de mí y me dijo:
—Llora o te doy razones para llorar.
Volví a decir que no.
Entonces me dio una bofetada con toda la mano.
La rabia que sentí fue enorme. Lejos de conseguir que obedeciera, el golpe hizo que me reafirmara todavía más en mi negativa.
Entonces ordenó a mi pareja que me diera otra bofetada.
Él no quería hacerlo. Lo vi claramente. Pero también vi que se sentía obligado a obedecer. Finalmente me dio un golpe suave. El instructor no quedó satisfecho y le ordenó que me lo diera de verdad.
Yo lo miré desafiante, intentando que no lo hiciera. Pero finalmente me dio el golpe.
En ese momento, la rabia se transformó en decepción y en un enorme sentimiento de soledad.
Rompí a llorar.
Me tapé la cara con las manos, pero el instructor me agarró de las muñecas, me descubrió la cara y me obligó a que todos pudieran verme llorar.
Durante un instante pensé que Nueva Acrópolis se había acabado para mí.
Pensé que no volvería nunca más. ¡Qué equivocada estaba! Me quedé muchos años más.
Durante mucho tiempo me he preguntado por qué no me fui aquel mismo día. La respuesta está, en parte, en lo que ocurrió después.
El instructor, que además era el jefe de filial, dio por terminado el ejercicio y se acercó a hablar conmigo, aprovechando mi estado de vulnerabilidad.
Me pasó el brazo por encima de los hombros y, con un tono aparentemente afligido, me explicó que aquello formaba parte de la formación del carácter del discípulo acropolitano y que el instructor tenía la desagradable misión de hacerlo.
Después de haberme golpeado y de haberme obligado a llorar delante de todos, ahora se mostraba cercano y afligido, como si él también estuviera sufriendo por haber tenido que hacerlo.
No sé exactamente cómo ocurrió, pero mientras lo escuchaba mi enfado empezó a desaparecer. En su lugar apareció una mezcla de angustia y confianza hacia él que me llevó a abrirme completamente y contarle aspectos de mi vida y de mis problemas personales.
La misma persona que acababa de agredirme se había convertido, en cuestión de minutos, en la persona ante la que sentía que podía desnudar emocionalmente mi vida. Acababa de aceptarlo como mi maestro y, por eso, acepté su explicación de que aquello no había sido una agresión, sino parte de su papel de enseñarme.
Yo no me fui, pero otras personas que vivieron lo ocurrido sí. Y recuerdo que, en lugar de cuestionar la actuación del instructor, quienes se marchaban eran considerados psicológicamente débiles.
Con el tiempo comprendí la lógica: si aceptabas la situación, demostrabas fortaleza y capacidad para superar tus limitaciones; si la rechazabas y te marchabas, el problema eras tú.
Como miembro también empecé a participar en las ceremonias de Nueva Acrópolis. Algunas se realizaban en la propia filial y otras a nivel nacional, en locales alquilados para esos actos.
Siempre me resultaron extrañas. Nos decían constantemente que NA no era una religión y que sus ceremonias no tenían carácter religioso, sino que eran actos filosóficos destinados a reproducir determinadas verdades cósmicas y espirituales.
Una de ellas era la ceremonia de los Muertos Acropolitanos, que aún hoy se realiza en el solsticio de invierno.
Se enciende un fuego y, delante de él, se leen todos los nombres de los acropolitanos fallecidos, comenzando por el fundador. Después de los nombres, todos los asistentes responden al unísono:
—¡Presentes!
En aquel momento yo no cuestionaba su significado. Formaba parte de la dinámica interna y yo había asumido que era una práctica filosófica y espiritual.
Años después descubrí que existía una ceremonia con una estructura muy similar utilizada por Hitler con los miembros fallecidos del Partido Nazi.
Cuando lo supe me quedé impactada. Recuerdo perfectamente lo que pensé:
«¡Qué fuerte!»
También tengo muchas otras anécdotas.
Recuerdo cuando el jefe de filial, que entonces era también mi instructor, me acusó de insinuarme sensualmente a unos chicos que habían ido a visitar una exposición en la sede.
La reprimenda que me cayó. Cuando en realidad no había absolutamente nada de lo que me acusaba.
Recuerdo cuando me veía por la sede y me daba una cachetada mientras me preguntaba qué tal estaba. Algo que me molestaba muchísimo, pero que tenía que soportar.
Recuerdo las humillaciones cuando no hacía las cosas bien, que en realidad significaba que no las hacía como él quería. Me decía que era una mala discípula.
También me utilizaba para forzar a mi pareja. Llegaba a decirme que no mantuviera relaciones sexuales con él hasta que corrigiera aquello que el instructor le había indicado.
O cuando yo hablaba y reía «demasiado», algo que formaba parte de mi manera de ser, pero que allí se interpretaba como un síntoma de una personalidad descontrolada e impulsiva.
Poco a poco, bajo un ambiente que se presentaba como discipular y orientado al autodominio y al autoconocimiento, me estaban transformando en algo que yo no era.
Y lo más paradójico es que utilizaban mis propios principios. Yo quería un mundo mejor, más justo, más fraternal y ecléctico. Quería ser mejor persona. Y esos deseos, que eran míos y humanos, fueron utilizados para los fines de la organización.
Cuando llevaba aproximadamente un año como miembro solicité entrar en Fuerzas Vivas. Para ello tuve que escribir una carta explicando por qué quería entrar. Básicamente escribí que necesitaba formarme para poder abrir una filial en la ciudad donde había nacido y a la que tenía intención de volver.
Eso era lo que yo creía que era Fuerzas Vivas: una escuela interna que me formaría como ser humano completo mientras creaba, junto con mis compañeros, un mundo nuevo y mejor para toda la humanidad, guiados por un mismo ideal.
Comencé entonces el probacionismo de Fuerzas Vivas.
El adoctrinamiento incluía cómo debía comportarse una «dama acropolitana». El primer punto del código de honor indicaba que debíamos «ser encarnaciones de amor, con sus atributos de generosidad, inocencia, caridad, belleza y dulzura». Otro señalaba que debíamos «superar las tendencias a la inestabilidad y a la fragilidad psicológica, disciplinando sus emociones y sus actitudes».
La idea que se nos transmitía era que la mujer pertenecía al mundo de la materia y que representaba la personalidad femenina en sus niveles más bajos. Al controlar esa personalidad bajo la expresión del segundo logos, «amor-sabiduría, energía-vida», se daba acceso a la dama.
Era algo imposible, y puedo explicar por qué, pero es tema para otro artículo. Baste decir que, tras varias décadas de experiencia en este grupo, me lo demostraron, aun a pesar de que probablemente, cuando me lean, dirán que fui yo quien no lo logró. La excusa de siempre.
Una vez finalizado el adoctrinamiento llegaron las pruebas de acceso. Me dijeron que eran pruebas simbólicas que representaban el camino que debía superar en esta encarnación bajo el rol femenino.
Pero no solo eran simbólicas.
En plena noche, en un lugar bastante apartado del monte, me dejaron sola con una linterna y un libro bajo un pequeño árbol. Debía permanecer allí en silencio hasta que vinieran a buscarme y, mientras tanto, leer.
No era la época de los móviles. No tenía reloj. Todo estaba oscuro a mi alrededor. Se oían el viento, las aves, la lluvia y algún mamífero que despertaba mi miedo y mi imaginación.
No sé cuánto tiempo estuve sola, pero fue bastante. Llegué a pensar que me habían abandonado y estuve a punto de levantarme y echar a andar.
Justo entonces alguien vino a buscarme.
Pasé por cuatro pruebas relacionadas con los cuatro elementos.
En la de tierra entré en una cueva llena de murciélagos hasta llegar a una pequeña vela colocada sobre una gran roca. Allí debía reflexionar sobre las palabras:
«Yo soy, yo obedezco, yo pertenezco».
En la de agua me dijeron que estaba relacionada con el mundo femenino y que era la más difícil. Consistía en desnudarme por completo y meterme debajo de una cascada de agua helada, en pleno invierno, hasta que me indicaran que podía salir. Luego supe que había miembros masculinos escondidos viendo la escena.
Fue una experiencia muy dura.
En la de aire tuve que escalar una pendiente rocosa hasta llegar a otra vela, junto a una caja de madera con papel y bolígrafo. Allí debía escribir tres defectos de mi personalidad femenina con los que me comprometía a trabajar hasta erradicarlos.
Subir fue difícil. Bajar fue aún peor, porque todo estaba a oscuras.
En la de fuego me vendaron los ojos y me condujeron hasta un lugar donde me situaron frente a un fuego, pues notaba su calor.
Me ordenaron que me quitara el calzado. Entonces escuché la voz de quien sería mi próxima jefa de cuerpo:
—¡Avanza!
Yo no entendía. ¿Hacia dónde? Estaba descalza y sentía el fuego.
Volvió a gritar:
—¡Avanza!
Finalmente me armé de valor y me dispuse a avanzar. En ese momento me sujetaron por los brazos.
Yo no quería desobedecer. Intenté soltarme para avanzar.
Entonces gritó:
—¡Detente!
Y me quedé clavada, completamente nerviosa y sin saber qué estaba ocurriendo.
Me quitaron la venda.
Vi que todas llevaban túnicas blancas encima de sus ropas y que habían formado un rectángulo de brasas sobre el suelo.
Al otro extremo estaba la jefa de cuerpo, junto al estandarte de Brigadas Femeninas, que me dijo que me calzara y caminara sobre las brasas hasta llegar a ella. Así me dio la bienvenida. Pero aún quedaba el compromiso de la noche siguiente.
Como en mi filial todavía no tenían templo, lo improvisaron en el salón de actos.
Tres golpes en la puerta.
A la primera llamada decía mi nombre y la jefa respondía:
—No te conozco.
A la segunda decía que era un alma que humildemente solicitaba entrar.
Volvían a negarme la entrada.
A la tercera debía decir:
«Yo soy, yo obedezco, yo pertenezco».
Entonces la puerta se abrió.
Con una rodilla en tierra y el brazo derecho extendido, con la palma de la mano abierta a la altura del ojo, realicé mi compromiso:
«En presencia de mi alma inmortal y la de mis compañeras en la búsqueda de la sabiduría, yo, conocida hoy como […], me comprometo a servir con lealtad y eficacia como miembro de Brigadas Femeninas de OINAES y, si así no lo hiciera, que el destino, los dioses y mi jefa de cuerpo me lo demanden. ¡Ave!».
A partir de ese momento, Nueva Acrópolis ya no era lo que hasta entonces había conocido. Ahora les pertenecía.
Las pruebas habían sido a principios de mayo y, a finales de ese mismo mes, se celebraba en la Casa Nacional de Chinchilla, en Albacete, la Reunión Anual de Brigadas Femeninas de OINAES.
Fue allí donde descubrí realmente lo que era Nueva Acrópolis.
Hasta entonces, cuando había ido a Chinchilla para cursos, todo había sido estupendo: todos eran amables, cariñosos y cercanos. Pero en aquella reunión la relación era completamente diferente.
La jerarquía estaba claramente marcada. A los maestros —el mando máximo y el mando nacional— se los veneraba prácticamente como dioses.
La relación con mis jefes de filial también cambió. Ahora eran mucho más autoritarios y había algo que ya no admitía discusión: había que obedecer. Sí o sí.
Fueron años muy duros.
Años de dormir poco y trabajar mucho. De muchas humillaciones, algunas de las cuales todavía hoy me hacen preguntarme cómo pude soportarlas.
También hubo cosas buenas, por supuesto. Pero una compañera que, como yo, consiguió dejarlo lo resumía de una manera que todavía recuerdo:
«Había mierda, mierda, mierda, perla, mierda, perla, mierda, mierda, mierda, perla…»
Todo se justificaba bajo la idea de que éramos discípulos acropolitanos y constructores de un mundo nuevo y mejor, que daría cabida a la sexta subraza de la quinta raza, una humanidad más evolucionada que la actual.
Por eso el camino tenía que ser duro, con muchos toques paramilitares: disciplina, obediencia, jerarquía y sometimiento. No se podía fracasar.
El sometimiento era continuo y no valía quejarse. Quejarse era considerado una debilidad de la voluntad, porque quien se quejaba era siempre la personalidad.
Como “Fuerza Viva” teníamos un ejercicio, todos los días, al despertarnos, debíamos decir:
«Soy acropolitano».
Y, al acostarnos, nuestro último pensamiento debía ser:
«Soy acropolitano».
Una vez a la semana teníamos que informar de si habíamos olvidado realizar el ejercicio.
Puede parecer una práctica sencilla, pero, desde mi experiencia, formaba parte de algo más amplio: mantener constantemente presente la identidad acropolitana, incluso en los momentos más íntimos del día, y convertir hasta nuestros propios pensamientos en algo que debía ser observado y reportado.
También teníamos que escribir la carta de «peldaño», dirigida a la jefa de cuerpo, quien, a su vez, reportaba a la jefa de cuerpo nacional.
La carta consistía en una serie de ejercicios que debíamos reportar una vez al mes: si los habíamos realizado, cómo los habíamos realizado y, si no los habíamos hecho, qué medidas íbamos a tomar para conseguir hacerlos.
En ella también incluíamos un examen de nuestra personalidad, en el que teníamos que señalar tres nudos o defectos graves con los que debíamos trabajar y explicar de qué manera lo estábamos haciendo.
No se trataba únicamente de realizar unos ejercicios: también teníamos que informar periódicamente de nuestro comportamiento, reconocer nuestros propios «defectos» y explicar a nuestros superiores qué estábamos haciendo para corregirlos.
Recuerdo un viaje a Chinchilla, uno de muchos.
Después de un fin de semana intenso de trabajos de limpieza y obras en la Casa Nacional, emprendimos el viaje de vuelta, que era de varias horas. Estábamos agotados y habíamos dormido muy pocas horas.
Entonces se nos ordenó no hablar ni dormir en los coches, salvo el conductor y el copiloto, que eran el jefe y la subjefa de filial.
Estábamos regresando de madrugada, con la calefacción a tope y música clásica de ambiente. Era una verdadera tortura.
Nadie pudo cumplir aquella orden.
Durante mucho tiempo me he preguntado: ¿por qué nos la dieron si sabían que era prácticamente imposible de cumplir en aquellas condiciones?
Mi conclusión, por lo que viví después, es que aquella orden terminó sirviendo para algo más: para humillarnos verbalmente durante días y convertir nuestro supuesto fracaso en un recordatorio que se utilizaría contra nosotros durante años.
No se trataba únicamente de que no hubiéramos cumplido una orden.
Nuestro incumplimiento se convirtió en otra prueba de que todavía teníamos que corregirnos, de que no éramos suficientemente disciplinados y de que no estábamos a la altura de lo que se esperaba de un discípulo.
Con los años vi cómo compañeros se iban del «Ideal». ¿Cómo era posible? Si NA era el camino ¿cómo podían abandonarlo?
Los que nos quedábamos no sabíamos realmente por qué se iban. Solo conocíamos la versión que nos daba el jefe de filial.
Y, como podéis imaginar, ellos eran los malos.
«En realidad eran malos discípulos».
«Se los comió la personalidad».
«Se entregaron al mundo viejo».
«Se los comió el instinto de poder».
Esta última era la excusa preferida.
«Se fueron porque eran ellos los que querían mandar y no les dejamos».
Nunca se cuestionaba la organización. El problema siempre estaba en quien se marchaba.
No me quedó más remedio que dar un paso al frente y asumir muchas responsabilidades: secretaria de varias secretarías, trabajos nacionales, instructora y otras labores de voluntariado en la filial, además de participar en reuniones y asistir a las clases.
Eso significó todavía más horas de trabajo y menos horas de sueño.
La relación con la propia familia era prácticamente nula.
Recuerdo, además, que en clase se nos instruía de una manera que todavía hoy me resulta especialmente dura de recordar: se nos decía que una madre no era más que un útero necesario para traer almas al mundo y nada más.
Para mí, aquello suponía reducir una relación tan esencial como la de una madre con sus hijos a una mera función biológica.
Así la familia dejaba de ser un vínculo afectivo fundamental y pasaba a convertirse en un simple «compromiso social».
Como instructora formaba a los probacionistas, quienes cursaban el primer curso de Filosofía. Mi deber era formar acropolitanos, es decir, miembros.
Y aquí hay algo que hoy me resulta especialmente doloroso reconocer:
de víctima, sin dejar de serlo, pasé también a ser victimaria.
Yo también participé en aquello. Yo también transmití enseñanzas y exigencias a otras personas. Y eso, todavía hoy, me pesa muchísimo en la conciencia y en el corazón.
En Nueva Acrópolis se fomenta la competitividad: quién es mejor discípulo, quién es mejor secretario, quién es mejor dirigente, quién tiene más miembros, quién es más eficaz, quién es más obediente, quién da mejores charlas, quién es mejor instructor, quién realiza más guardias, quién cuida mejor el templo, quién hace más horas de voluntariado…
Siempre hay algo que demostrar. Y, sin embargo, nunca se llega a dar del todo la talla.
Lógicamente, esa competitividad es incompatible con la fraternidad, uno de los principios que Nueva Acrópolis afirma defender.
Tampoco se fomentaba realmente la amistad. Las relaciones estaban marcadas por los roles internos: éramos condiscípulos o maestro y discípulo.
No se trataba de relacionarnos como iguales, sino de ocupar el lugar que correspondía dentro de la jerarquía.
Muchas veces se nos repetía una frase atribuida al fundador: «Somos baldosas que deben ser pisadas, porque somos el puente que conduce al mundo nuevo y mejor».
Era una llamada al sacrificio y al servicio. Pero, con la perspectiva que tengo hoy, aquella imagen adquiere para mí un significado mucho más duro: la persona dejaba de ser un fin en sí misma para convertirse en un medio al servicio del «Ideal».
Éramos las baldosas que otros debían pisar para llegar al mundo nuevo y mejor.
Para mí, y coincidiendo con muchas personas que lo han dejado, en Nueva Acrópolis lo importante no son las personas. Nunca lo fueron. Una de las frases que se repetía a menudo era:
«Todos somos necesarios, pero ninguno es imprescindible».
Y entonces me pregunto:
Si las personas no son lo importante, sino el «Ideal», la «construcción de un mundo nuevo y mejor», ¿dónde queda la fraternidad? Para mí, todo aquello termina siendo una farsa.
Si dicen que es una escuela de Filosofía que enseña a pensar por uno mismo, a conocerse mejor y a comprender mejor el mundo y el universo, ¿cómo es posible que callen a sus discípulos cuando intentan señalar comportamientos sectarios dentro de la propia organización?
¿Dónde queda el pensamiento propio? ¿Dónde queda el eclecticismo del que tanto presumen?
Y en cuanto a despertar y desarrollar las potencialidades del ser humano, para mí viene siendo otro anzuelo para capturar a sus presas. Porque lo que hacen son esclavos escondidos detrás de la palabra «voluntariado».
El verdadero voluntariado no te aísla del mundo, de tus amigos ni de tu familia, no te deja exhausta hasta la enfermedad, ni te priva de hacer vida.
Yo entré en Nueva Acrópolis buscando filosofía, conocimiento, fraternidad y una forma de construir un mundo mejor.
Entré porque necesitaba sentir que pertenecía a algo. Y durante mucho tiempo creí que estaba aprendiendo a conocerme, a dominarme y a convertirme en una persona mejor. Pero mirando hacia atrás, veo lo engañada que estaba.
Veo cómo poco a poco fui aprendiendo a obedecer. A aceptar humillaciones como pruebas discipulares. A desconfiar de mi propio criterio. A considerar débiles a quienes se marchaban. A trabajar hasta el agotamiento. Y, finalmente, a enseñar a otros aquello mismo que yo había sufrido.
Ese es quizá el aspecto que más me cuesta asumir de toda mi historia: no fui únicamente alguien a quien le hicieron cosas. Durante un tiempo, también formé parte de la maquinaria que las hacía posibles.
Por eso escribo este testimonio. No para contar una historia de buenos y malos. La escribo porque yo estuve allí. Porque durante años creí profundamente en aquel «Ideal». Y porque ahora considero que tengo la responsabilidad de contar también lo que había detrás de él.
La atmósfera acropolitana es prácticamente imperceptible para quien está dentro. Una vez te integras la respiras sin darte cuenta.
Desde fuera puede resultar difícil comprender cómo alguien puede aceptar determinadas formas de control y, al mismo tiempo, sentir que es libre. Pero, desde mi experiencia, esa es precisamente una de las características más difíciles de reconocer cuando formas parte de la organización: llegas a aceptar como libertad aquello que, visto desde fuera, puede parecer tiranía.
Por eso el acropolitano defiende a Nueva Acrópolis, porque no es consciente del ambiente en el que está viviendo ni del efecto que ese ambiente tiene sobre él.
Yo misma no fui consciente de aquella atmósfera mientras estaba dentro. Necesité más de un año después de dejar Nueva Acrópolis para empezar a darme cuenta del aire que había estado respirando.
Quiero recomendar encarecidamente el libro de Juliano el Apóstata, El gran engaño: La verdad de Nueva Acrópolis y Lidia Pérez López.
Cuando lo leí, reconocí en sus páginas como cierto todo lo que cuenta. Para mí, lo que describe no era algo ajeno ni lejano: en España había vivido exactamente lo mismo.
De hecho, Lidia Pérez López era española y, según lo que pude reconocer en mi propia experiencia, reprodujo en México patrones de comportamiento abusivos y coercitivos que yo ya había conocido dentro de OINAES.
Por eso su lectura me resultó especialmente impactante. No estaba leyendo una historia que me fuera desconocida.
Estaba reconociendo mi propia historia.
Quienes dirigen esta organización no son tontos. Con el paso de los años, cada vez se han preocupado más por proteger su imagen pública, ocultando su verdadera cara detrás de una imagen amable y atractiva en las redes sociales y en sus páginas de Internet.
Pero por mucho que se escondan, estamos quienes los hemos conocido de verdad.
También está el Instituto Maat, un centro jurídico vinculado directamente con Nueva Acrópolis y dirigido por hachados acropolitanos con la carrera de Derecho. En mi experiencia y en la información que he conocido, se han dedicado a presentar demandas o a ejercer presión sobre exmiembros que hablan públicamente de sus experiencias, recurriendo a cuestiones como la difamación o el derecho al honor para proteger la reputación y la dignidad de Nueva Acrópolis.
Pero entonces me pregunto:
¿Y nuestra reputación, nuestra dignidad y nuestro honor mientras fuimos acropolitanos? ¿Dónde quedaron entonces?
Porque mientras pertenecíamos a la organización, nuestra dignidad parecía poder ser pisoteada, nuestra personalidad podía ser sometida a juicio, podíamos ser humillados y nuestras propias percepciones podían ser desacreditadas en nombre del «Ideal».
Y ahora, cuando quienes hemos pasado por allí hablamos de lo que vivimos, de repente aparecen la reputación, la dignidad y el honor como valores que hay que proteger.
¿Y los nuestros?
¿Quién protegía nuestra reputación? ¿Quién protegía nuestra dignidad? ¿Quién protegía nuestro honor?
¿O mientras fuimos acropolitanos también eran, simplemente, de usar y tirar?
Y aquí es donde encuentro una de las grandes contradicciones: quienes hemos vivido determinadas prácticas desde dentro terminamos siendo tratados como una amenaza para la reputación de la organización cuando contamos lo que hemos vivido.
Mientras tanto, Nueva Acrópolis continúa amparándose jurídicamente en su condición de «asociación cultural internacional».
Para mí, la conclusión después de tantos años es clara:
Nueva Acrópolis no cambia; cambia la forma en la que se presenta para protegerse de las críticas y de las denuncias de sus exmiembros.
Recuerdo una frase que se utilizaba mucho cada vez que se modificaba la imagen pública de la organización:
«Vino viejo en odres nuevos».
Y esa es, precisamente, la expresión que me viene a la cabeza cuando observo su imagen actual. Porque yo conocí el vino viejo.
Y por mucho que cambien los odres, quienes hemos estado dentro sabemos lo que había en ellos.
Siento que algún día podré escribir toda mi historia.
Esta que he contado es, en realidad, bastante pobre comparada con todo lo que viví. Me ocurrieron a mí, y también a otras personas a las que quiero proteger, cosas mucho más graves.
Durante muchos años he guardado silencio. He necesitado tiempo para comprender lo que viví, para poder poner palabras a determinadas experiencias y, también, para proteger a quienes no quiero que sufran las consecuencias de que sus historias salgan a la luz.
Quizás algún día pueda contarlo todo.
Julia, Agosto de 2026
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