Esta es una de las preguntas que más se hacen quienes nunca han pertenecido a Nueva Acrópolis. Desde fuera resulta difícil comprender cómo personas inteligentes, muchas de ellas con estudios universitarios e inquietudes culturales, pueden acabar sometiendo su criterio a una organización de este tipo.
La respuesta no está en la inteligencia de quienes entran, sino en el método que emplea la organización.
Nueva Acrópolis no convence a las personas de un día para otro. Lo hace de forma gradual. Su sistema requiere paciencia y aprovecha precisamente aquello que mueve a quienes llaman a su puerta: el deseo de crecer personalmente, comprender el sentido de la vida, mejorar como seres humanos o encontrar una meta más profunda a la existencia. Ese anhelo legítimo se convierte en el punto de partida del proceso.
Todo comienza en el primer curso de filosofía. Desde las primeras clases se presenta como un conocimiento objetivo una determinada concepción esotérica del ser humano, inspirada en la Teosofía y en algunas corrientes de la filosofía oriental. No se expone como una hipótesis ni como una tradición espiritual entre muchas otras, sino como la explicación de cómo está realmente constituida la persona.
Según esta enseñanza, el ser humano posee una personalidad inferior y una tríada espiritual superior.
La personalidad estaría formada por cuatro vehículos: el cuerpo físico, el cuerpo energético, el cuerpo emocional o astral y el cuerpo mental inferior, denominado kama-manas, palabra procedente del sánscrito que suele traducirse como "mente de deseos".
La tríada superior estaría compuesta por Manas, la mente superior; Buddhi, la intuición espiritual, y Atma, el verdadero Ser o voluntad espiritual.
Hasta aquí podría parecer simplemente una doctrina filosófica más. Sin embargo, el problema aparece cuando esta explicación deja de ser una teoría y comienza a utilizarse como una herramienta para interpretar toda la vida de la persona.
A partir de ese momento, cualquier deseo, opinión, idea o decisión que no coincida con los objetivos de la organización puede atribuirse a la personalidad inferior.
¿Quieres pasar el fin de semana con tu familia? Es el astral.
¿Quieres estar con tus amigos o irte de fiesta? Es una necesidad del astral.
¿Prefieres apuntarte a un curso fuera de Nueva Acrópolis? Es el kama-manas.
¿ Cuestionas una enseñanza? Es tu kama-manas la que está actuando.
¿No quieres hacer voluntariado? Es tu cuerpo físico que evita el esfuerzo.
Poco a poco, la persona aprende a mirar sus propios pensamientos con desconfianza. Ya no interpreta sus decisiones como el resultado de su libertad, sino como manifestaciones de una parte de sí mismo que debe combatir.
Al mismo tiempo, se le enseña que solo mediante la obediencia, la disciplina y la guía del instructor podrá expresar su verdadero Ser. De este modo, dejará de ser un simple alumno para convertirse en un discípulo, ya que la figura del alumno se presenta como una manifestación de la personalidad inferior, mientras que el discípulo representa la aspiración al yo espiritual. La consecuencia psicológica es clara: cuanto menos confía la persona en su propio criterio, más depende de quien interpreta por ella qué parte de su personalidad está actuando en cada momento.
Ese cambio no suele producirse de forma brusca.
Al principio, el alumno utiliza estos conceptos como herramientas de autoconocimiento. Después empieza a aplicarlos espontáneamente a su vida diaria. Finalmente, son el instructor o los responsables de la sede quienes comienzan a señalarle cuándo está actuando desde el astral o desde el kama-manas.
Frases como las siguientes pasan a formar parte de la vida cotidiana:
— «Has llegado tarde porque tu cuerpo físico quería seguir descansando.»
— «Si dudas de la enseñanza, es kama-manas quien desconfía.»
— «Sólo eres verdaderamente libre cuando obedeces desde Manas.»
— «El astral desea cargos para figurar, pero no la responsabilidad, cuidado con el instinto de poder.»
— «El astral nos hace ser impulsivos y poco razonables, déjate adoctrinar.»
— «Kama-manas siempre está buscando el beneficio de todo, cuando en realidad hay que ser generosos.»
Lo importante no son estas frases aisladas, sino el efecto acumulativo que producen durante meses o años.
Cada vez que el alumno discrepa, experimenta un deseo diferente o simplemente quiere organizar su vida según su propio criterio, aprende a sospechar de sí mismo. En cambio, la interpretación del instructor adquiere cada vez más autoridad.
Así se produce una inversión completa de la confianza.
La persona deja de considerar fiable su propio juicio y termina otorgando más credibilidad al diagnóstico que hace la organización sobre sus pensamientos que a su propia experiencia.
Éste es, probablemente, uno de los mecanismos psicológicos más eficaces de control.
La persona acaba viviendo como si dentro de ella existieran dos identidades enfrentadas: una personalidad egoísta, de la que debe desconfiar constantemente, y un supuesto yo superior al que nunca consigue acceder plenamente, sobre todo si la persona no se entrega a la organización. Esa lucha permanente genera culpa, inseguridad, estrés y una necesidad creciente de orientación externa.
Paradójicamente, el individuo cree que está conquistando una mayor libertad interior cuando, en realidad, cada vez depende más de los líderes del grupo para decidir qué pensar, qué sentir y cómo interpretar lo que le ocurre.
Por eso resulta tan difícil comprender este proceso desde fuera.
Quien observa únicamente ve a una persona inteligente obedeciendo normas que parecen absurdas. Pero quien está dentro no siente que esté renunciando a su libertad. Al contrario: cree que está venciendo a su personalidad y acercándose a su verdadero Ser.
Ésa es, precisamente, la eficacia del sistema. No obliga a la persona a obedecer. Consigue que crea que obedecer es la expresión más alta de su libertad.

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